domingo 1 de marzo de 2009

Rodando.

El vehículo se deslizó con sumo cuidado sobre el asfalto hasta situarse en el lugar más apartado del aparcamiento. Se apagaron las luces y su ocupante bajó. El cierre de la puerta originó un sonido metálico y sordo que no dio paso a otro más. Único e irrepetible, lo guardé en la memoria para volver a escucharlo más tarde.

Las luces de la alarma se encendieron y el pitido de ésta dio paso al sonido de la gravilla apretándose bajo unos zapatos que pese a la oscuridad se antojaban expertos en el acomodo de sus pies.

Ahora era una sombra que se deslizaba fundida en la negrura.

En el otro extremo, amparada en la oscuridad, solo se podía distinguir la luz del cigarro que delataba otra presencia. La señal fue momentánea pues al ser consciente de que alguien se acercaba, salió disparada; cruzando el aire, para apagarse de improviso en un charco. El sonido aunque lejano, trajo hasta mi nariz el olor del ahogo.

De nuevo el silencio que esta vez se ve roto por dos latidos desacompasados…

No sé decir quién se movió primero. Sólo que cada uno fue consciente de la presencia del otro en una especie de intuición. El sexto sentido, inexplicable, pero presente en el aire que mezclaba el humo del cigarro apagado y la esencia de un perfume. Ambos, ajenos a los sentidos. Ambos extraños.

Un silbido corto; una señal pactada y tras un murmullo, el roce de una mano deslizándose lentamente sobre una tela.

-Lino- pensé y seguí escuchando. De nuevo una cerilla que se enciende…

Momentáneamente, es capaz de dibujar dos rostros que se miran antes de encender otro cigarro y apagarse.

Mi pensamiento, embauca a mis sentidos para seguir en el anonimato que da la negrura.

Quiero seguir así hasta que salga el primer rayo sol y mi existencia se vea descubierta.

Cierro los ojos. Llevo huyendo demasiado tiempo y este puede ser mi final.

Un siseo cruza el aire. Unas luces se encienden y alguien grita:

¡CORTEN, FIN DE LA ESCENA, DESCANSO DE DIEZ MINUTOS!

Un chiquillo cruza corriendo la calle… Lleva bajo el brazo la tablilla del director.

viernes 7 de noviembre de 2008

Esencial...

Un suspiro,
Un beso,
Un estás...

Un verso,
Un sabor,
Un mirar...

Un instante,
Una vida,
Un amor...

Un nombre,
Un arrullo,
Una voz...

Un te quiero,
Un te espero,
Una flor...

Esencial.

sábado 23 de agosto de 2008

Ahora...

Elijo suspirar en vez de ahogar el aire en las entrañas…

Elijo abrir los brazos en vez de negarme al abrazo que nace sincero desde el alma…

Elijo soñar a dormir sin hacerlo en las entretelas del aire…

Elijo reír en vez de llorar lágrimas secas…

Elijo vivir este instante…

El que tengo la suerte de tener entre las manos.

miércoles 13 de agosto de 2008

De Profesión...

Mi consulta se encuentra en la segunda planta de un edificio recién estrenado. Apenas tiene tres meses y la cantidad de vida que pasa por él, a diario, es increíble.

Todos utilizan el ascensor, pero a mí me encanta subir los escalones de dos en dos como cuando era pequeña y el aire se impregnaba de las sonrisas de los que jugábamos en las escaleras del patio de casa.

Me siento privilegiada porque desde mi ventana, cada mañana, me abandono por unos minutos a la magnífica vista que sirve de cortina a mi espacio.

Siempre en el mismo marco pero con diferentes matices.

Mi consulta es distinta. A primera vista puede parecer igual al resto, pero yo sé que no lo es…

Cuando llegué decidí llenarla de colores. Es importante que el lugar donde cada persona trabaja se llene de detalles que lejos de recargarlo, dejen entrever un poco de lo que se lleva dentro y puedo asegurar que en cada centímetro del mío late un trocito de mi propio ser.

Cada mañana, antes de nada, me encierro en ella y procedo con los preparativos iniciales: Coloco mi maletín sobre la mesa, cuelgo mi chaqueta en el perchero y me pongo una de las batas que encargué nada más salir de la facultad. Hoy toca una de mis favoritas; la que está llena de dinosaurios de colores y que lejos de asustar ha conseguido que más de uno se parta de risa.

Al cuello el fonendo y en el bolsillo algunas lengüetas con sabores para comprobar las gargantas de mis pacientes.

Después de este ritual, bajo al “office” para tomar con los compañeros la dosis diaria recomendada de buen café y cuando realizo mi última parada en administración sé que Carmen ya tiene la sonrisa puesta y mi lista recién impresa. La recojo y comienzo…

Hoy no es muy extensa. Nunca lo ha sido. A veces pienso que es increíble el descenso de nacimientos que se viene produciendo en los últimos años, pero mientras haya niños, sé que seguiré ejerciendo. Somos pocos pero con ilusión por seguir adelante.

Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que lo peor de trabajar con niños, son sus padres. Sobre todo los primerizos, que se asustan al menor síntoma, pero al fin y al cabo es normal ¿Quién no lo haría?

El primero que tiene cita para una revisión es Miguel. Luisa, que más que mi enfermera, es mi mano derecha, realiza los primeros exámenes. El pequeño es un manojo de risas. Da gusto contagiarse de la alegría que es capaz de derrochar un ser tan pequeño. A menudo acabo riendo a carcajadas y es que no puedo evitarlo; es mi otra dosis, la que me llena de optimismo.

Una vez repasada su “breve historia”; fijamos el calendario de vacunas y hacemos un seguimiento en su alimentación. ¡Perfecto!

No siempre es así. Hay casos delicados y difíciles de tratar, pero ¡todos son mis niños!

Ellos escriben su historia dejando huellas en mi corazón y para todos tengo reservado un trocito de mi alma; el alma de una mujer que vuelve a ser niña cada vez que los ve entrar por la consulta buscando los juguetes que hay sobre la mesa o los caramelos que guardo en los bolsillos...

Apenas roza el minutero la una de la tarde y la consulta se viste de fiesta gracias a un rayo de sol que entró de improviso y ¡sin pedir cita!

Las salas de espera ya huelen a verano. Las ausencias declaran soledades huecas color azul que compiten con la claridad de las paredes salpicadas de carteles con avisos de “no fumar”, “cuide su colesterol” o “por favor, apague su teléfono móvil”.

Este es el momento del día que dedico a repasar los historiales, a anotar en ellos los detalles de interés como “Miguel pesa ocho kilos” o “Laura no sufre alergias”. Y es entonces, cuando dibujando una sonrisa en los labios, doy por finalizada la jornada y detengo la mirada en aquel cuadro que mandé hacer con la frase de Don Alberto; el mejor de los profesores que tuve en la facultad.

Aquella frase me marcó por dentro y por fuera. Y si no me creen, les invito a pasar por mi consulta. Léanla y de paso díganme lo que les parece la bata que he decidido ponerme hoy.



“Si quieres que la juventud permanezca en tu mirada... ¡Dedícate a los niños!”

sábado 28 de junio de 2008

El Inicio De Volando Palabras

Juguetea el aire con una hoja en blanco. La agita con el movimiento que lleva a imaginar que tras ella, una mano infantil curiosea su reacción ante el antojo de unos hilos invisibles pero palpables.

-¿Y si yo fuera esa hoja?-Me pregunto mientras sigo curiosa su viaje a favor del viento...